Apuntes de madrugada

Nombre: Dorotea

Escritora

martes, diciembre 30, 2008

TIEMPO

No quiero saber qué día es.

No quiero mirar el calendario.


Los días han de ser como las horas, repetidos hasta el infinito.

Quietos en su propio pasar idénticos.

sábado, diciembre 27, 2008

RENACER

Renacer

La noche se mantiene en calma. Ha cedido el frío. Estamos en diciembre y nos esperan días que en otro tiempo fueron felices.

Ahora ya nada tiene un mensaje de ilusión.

Todo serán alegrías fingidas.

Adornos, regalos, fiestas; todo, para intentar volver a creer en los días excepcionales.


Está muy lejos, perdido en el final de la infancia, ese momento en el que Navidad dejó de ser Navidad. A partir de entonces, sólo queda la añoranza.

Perder a los que hemos amado da a toda fiesta un plus de tristeza.


Sólo el arte los traslada al pasado, a algo parecido a la vida de otro tiempo. Será sólo un instante, pero nos sentiremos renacidos.

miércoles, diciembre 03, 2008

SUEÑOS

La madrugada se ahoga en el sueño.

El despertar es súbito, extraño.


El tiempo pasado ha vuelto.

La vida parecía tan real como cuando él estaba conmigo.


No puede terminar el sueño, no puede llegar el día,
No sé cómo empezar la mañana.

lunes, diciembre 01, 2008

INVIERNO

INVIERNO

Aún no es invierno.

Hace frío estos días. Hace viento.

Se agitan las palmeras.

Los geranios temen por sus flores

La azalea yace caída como una hermosa corola de apretadas flores en rosa y blanco.

Despunta la mañana, pero el sol se esconde tras las nubes negras.


Una madrugada de viento y frío ha helado mi alma.


No quiero que empiece el día.

¡Calor tibio, distancia!
¡ Distancia y olvido!

sábado, noviembre 29, 2008

PROMESAS

Han nacido las freesias. No les importa el frío, ni el viento. Son la esperanza. Es la resistencia la que las hará florecer antes de la primavera.

Para mí son, serán siempre, algo que queda de una ilusión compartida, de un tiempo en el que seguirlas -de noviembre a marzo- era tanto como poner confianza en la vida, en esa posibilidad de que la belleza nos rescate en los momentos más difíciles.

Las habrá blancas, rojas, amarillas y azules.


Todas serán mías; porque todas fueron nuestras.

Olerlas será centrar el recuerdo en el tiempo en que estábamos juntos, en el que sin darnos demasiada cuenta vivíamos los días más felices, los momentos en los que absortos en el disfrute de su belleza quedaban atrás las añoranzas y hasta los sueños.

Mis freesias soportarán el viento salado, el aire frío y seco, el sol que puede llegar a ser inclemente.

Yo aguantaré como ellas y aunque no pueda tener hermosas flores como las suyas, sí que intentaré con mis palabras crear pequeños algo que puedan ser aceptablemente hermosos.

jueves, noviembre 27, 2008

NUEVAS MADRUGADAS

Volver al blog es como recuperar la intimidad conmigo misma. Es volver a detenerse y mirarse un momento.

Es reconocerse después de un tiempo y reencontrarse en el mismo silencio, en el mismo pasmo dolorido.



No ha servido de nada poner distancias, negarse al abandono.



Quizá, sea mejor, entregarse al tiempo de las madrugadas y no empeñarse en que estén vacías.

Quizá así, puedan ir llenándose poco a poco de algo más que la tristeza.

RETORNO

La madrugadas son frías.

La cama me acoge en su tibieza, pero no por eso viene el sueño.

La calle se vacía y mi alma la reconoce en el silencio.


Ha pasado el tiempo del llanto y se ha instalado el del distanciamiento.

Un vacío añorante, triste, abandonado por todas las esperanza.


Hace falta mucha fuerza para que pueda comenzar el día.

miércoles, septiembre 03, 2008

VIAJAR





Todo viaje es un descubrimiento. No es preciso que vayamos a un lugar desconocido, tampoco que prestemos demasiada atención al paisaje que recorremos.
Un viaje tiene siempre sus sorpresas, sus vueltas al pasado movidos por las cosas más impensables.
¿Cómo puede un lugar tan distinto hacernos evocar súbitamente lo que habíamos vivido hace tantos años?
Llegamos a Atocha en un tren supermoderno. La estación enorme, sin historia, sin olor, sin trazas de pasos antiguos en ninguna parte nos invitaba a dejarla cuanto antes, a salir de ambiente sobrecargado y caliente a pesar del aire acondicionado.
Un coche nos acogía en la misma puerta, apenas abandonado el molino enorme de la salida, lento y partido en dos como una naranja que vamos a exprimir.
Era medio día: ese mediodía de casi las tres, con el sol bien en lo alto.
Llegamos en un momento a la Ronda de Atocha. Es un tiempo mínimo en coche, eterno si hay que cruzar la plaza y sus aledaños arrastrando una maleta, con alguien colgado del brazo y bajo un sol inclemente que ninguna sombra puede tapar.
Todo nuevo. Una cafetería impecable aunque con calor, con demasiado calor para lo que se espera al pasar la puerta de cristal que la separa de la calle y de la entrada a la taquilla.
Hay tiempo. Mejor tomar un café para completar el almuerzo rápido del tren.
Luego, ocuparse del billete, de ver el sitio, de localizar los puntos sensibles para prevenir los problemas o hacerse el cuerpo a que van a surgir.
Ya no hay aire acondicionado pero estamos en un semisótano, profundo y fresco. Estábamos bajando sin darnos cuenta.

La taquilla es como todas; a través de una cristalera se ve lo que hay en la pequeña habitación de la que salen y entran los conductores de los autocares.
Algo en lo que no te fijas, pendiente de preguntar la hora, de pedir los billetes, de verificar si las plazas son numeradas o no.

¡Una cesta!
¡Hay una cesta en el suelo, delante de unas cajas!
¡Una cesta con una arpillera que la cierra y en la arpillera un cartón blanco y cuadrado cosido cuidadosamente con un bramante!

¡Salto atrás!
¡Nada puede ya detener el tiempo en el presente!
Vuelta a los primeros cincuenta. A mi adolescencia. A ese tiempo en el que íbamos a Autorrés a recoger una cesta de uvas, o de cerezas, o de aceitunas.
Un tiempo en el que mirábamos intentando identificar nuestra cesta, la que nos estaba destinada, para que nos la dieran rápidamente y sin revolver entre todos los bultos que había traído el coche.
La ilusión de recogerla – una ilusión sin sorpresa porque cada cesta estaba llena de lo que ya sabíamos-. Una ilusión que no siempre quería decir poder de inmediato disfrutar de las cerezas perfumadas, de las uvas que llegaban tersas, aterciopeladas, jugosas y exquisitas. Una ilusión pospuesta hasta dos o tres meses para poder saborear las aceitunas, medio verdes medio negras, que el tomillo y la mosquera harían inconfundibles y que el trabajo de partirlas, cambiarles el agua, aliñarlas volvería comestibles.
Era una ilusión simple; era recoger algo que venía de lejos, que nos acercaba a ese otro mundo.

¡Seguían las cestas, alguien seguía mandando cosas en una cesta como las nuestras!
¿Qué tendría la cesta, en pleno mes de agosto?
¿Qué hay en los campos de La Mancha que se pueda enviar a la ciudad como regalo cuando las uvas aún están verdes, las almendras aún están vanas, las cerezas hace tiempo que los pájaros se han comido las últimas y la aceitunas son casi nada pegadas a las ramas del olivo?
Yo hubiera preguntado: ¿pesa mucho esa cesta?

Las señoras mayores no preguntan esas cosas. Las señoras mayores sacan el billete y bajan a lo que se considera la sala de espera.
Bajamos. Nos sentamos a esperar. Allí había gente, gentes con rostros que me resultaban familiares.
Todo había cambiado, pero yo seguía en mi adolescencia, yo seguía esperando que un coche de línea me llevara hasta el pueblo. En realidad no pensaba en llegar hasta allí, sino en hacer la ruta hasta Tarancón. Ese tiempo, ese paisaje, sería el de mis recuerdos más vivos.
Creía que aquella vuelta atrás iba a ser a atrás del todo, pero no.
Ese había sido el principio. Eso ya había pasado. La vuelta era a mis primeros años de casada; era a la ruta camino de mi primer hogar. Era una vuelta al coche de línea que nos llevaba y nos traía del pueblo y un año seguía siendo la misma ruta pero en nuestro primer coche.

Nosotros iríamos hasta La Manchuela, el otro autobús se quedaba en Tarancón.

Había que subir al coche. Atención concentrada en dejar la maleta, en la subida siempre un poco problemática, en la elección de los asientos, en el cálculo casi imposible para saber dónde daría menos el sol.
¡Atención al presente! ¡presente sólo!

¡Olor a gasoil quemado, requemado más bien!
¡Salto atrás! ¡Salto a muy atrás!

El viaje iba a ser un ir venir del presente a todos los pasados de mi ruta por esas tierras que iríamos atravesando.
Unas veces sería el paso lento de los recuerdos, otras los saltos insospechados que cambiaban el orden, que me abrían a tiempos muy distintos.
Arganda, Perales, Villarejo con la fábrica de Cuétara y la plaza casi desconocida donde ponían el mercado los sábados. El desvío a Estremera con un dolor y una añoranza agudos y capaces de marcar con su tristeza el resto del viaje.
Fuentidueña y aquel bar- convertido en hotel- donde tantas veces habíamos pasado las tardes de los domingos de invierno. Aquel bar y su estufa de cáscaras de almendras luminosas y cálidas.
Viaje ya fuera de ruta. Viaje en la añoranza que me ocupa desde hace tiempo. Añoranza que se ha hecho un todo con mi vida; que ya no consigo distinguir de la misma vida.